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Siempre
he pensado que existen animales con suerte y otros, que por desgracia,
no la conocen. Hay perros que son adoptados una y otra vez y devueltos
una y otra vez, sin motivo ni razón, siempre por causas distintas,
diferentes.
He conocido animales que han vivido en el albergue durante años
y años, que han superado enfermedades, penas y tristezas, para
luego, un buen día salir adoptados por el mejor de los dueños
posibles, y en los días siguientes morir, morirse en la casa
de quien se lo llevó sin motivo ni enfermedad aparente que lo
explique. Una vez, no sé si lo recordarán, les conté
la historia de «Lelia». Era una perrita muy vieja de la
que alguien al conocer su vida, se enamoró. Nos llamó
y nos dijo: -Me la quedo. Hoy no puedo acercarme, pero mañana
paso y la recojo del albergue.
Estábamos entusiasmados con la idea de que eran sus últimas
horas en la protectora, por fin «Lelia» tendría un
dueño. Pero no pudo ser, aquella noche, «Lalia» murió.
Alguien dijo entonces que quizás, ella había decidido
no salir nunca del albergue. Puede que fuera eso o simplemente, que
se sintiera muy mayor para empezar de nuevo, para comenzar una nueva
vida.
Otros perros, sin embargo, tienen suerte. Sí, salen adoptados
y viven felices con una nueva familia o como en el caso de «Pacha»,
simplemente son afortunados, afortunados porque tienen el mejor tesoro
que un perro puede tener, un dueño, un buen dueño.
Sonó el teléfono y me lo pasaron. Era la voz de un hombre.
Parecía muy nervioso, gritaba y no paraba de hablar. -Lo he buscado
por todos lados y no ha habido forma de encontrarlo. Les llamo para
que me ayuden. Por favor, ayúdenme, estoy desesperado. Me despierto
por las noches buscándole y llamándole «Pacha»,
«Pacha». ¡Malditas vacaciones! Tuvimos que volver
sin él pero no puedo seguir así. Han pasado ya varias
semanas y cada día es peor que el anterior.
Por su acento, noté que no era español y le pregunté
que de dónde nos llamaba. -Desde Alemania, me dijo. -Estuve en
su país unos días con mi familia y claro, con mi perro.
Es un pastor alemán. Se llama «Pacha». No sé
cómo pasó, una tarde bajamos del coche y cuando nos dimos
cuenta, ya no estaba. ¿Qué puede haber sido de él?,
¿quién lo tendrá? Lleva un collar con su nombre
y su teléfono. Por favor, llámeme si sabe algo.
Me despedí de él intentando tranquilizarle aunque no era
fácil. Sabía que el animal no estaba en el albergue y
también, que había pasado demasiado tiempo ¿dónde
estaría ahora «Pacha»?
Estaba pensando en todo esto cuando de pronto entró la furgoneta
de recogida de animales en el albergue. Un compañero abrió
la puerta trasera y bajó un perro, era un pastor alemán
con un collar plateado. Aspiré profundamente y pensé:
-No puede ser, no puede ser... Le llamé por el nombre que segundos
antes me habían dicho: «Pacha». El perro me miró
y me movió el rabo. Bueno, aquello tampoco significaba nada,
la mayoría de los perros mueven el rabo al hablarles. Entonces
miré el collar, creo que hasta me temblaba la mano. Grabado sobre
éste, leí letra a letra el nombre que portaba: P-A-C-H-A,
¡«Pacha»!, era aquel perro «Pacha». En
estos momentos, su dueño viaja desde Alemania hacia Alicante
mientras «Pacha» uno de esos perros a los que yo llamo afortunados,
disfruta en un chiquero de sus últimos días en España.
Nota: ¿Cuántos perros perdidos siguen todavía en
su jaula esperando tener la suerte de volver a ver algún día
a su dueño?
RAÚL
MÉRIDA GORDILLO
Presidente
Sociedad Protectora de Animales y Plantas de Alicante
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